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La llave de la lectura

  • El "EducaLibro" del mes

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    "Nuestro futuro no está escrito y eso determina un claro imperativo: educar a nuestros hijos para que lo escriban..." Lean la conclusión final del libro en forma de carta y, si tienen tiempo, luego el resto del libro.

    CONCLUSIÓN

    «Estamos embarcados...»

    -Estimada señora, Estimado señor,

    «Estamos embarcados...», como decía Pascal. No hay modo de salirse del juego. Tampoco hay modo de refugiarse en la añoranza de un tiempo pasado, que no querríamos para nosotros y en el que a veces, misterio­samente, estamos tentados de buscar recetas milagrosas para la educación de nuestros hijos. «Nadie se baña dos veces en el mismo río», afirmaba Heráclito. Nunca vol­veremos a encontrar las certidumbres educativas de antaño; nunca resolveremos de forma duradera nues­tros problemas trasplantando comportamientos pasados a situaciones radicalmente nuevas. Los llamamientos a «restaurar la autoridad» y a «volver a los métodos de toda la vida» pasan por alto que la autoridad tradicio­nal sólo se tenía en pie porque estaba legitimada por una jerarquía teocrática asumida por toda la sociedad. No tienen en cuenta las circunstancias radicalmente dis­tintas en las que viven nuestros hijos.

    Resultado: nos sumimos en el pensamiento mágico. Creemos que basta con decir «no» a nuestros hijos para asegurar su desarrollo armonioso. Suponemos que man­dándoles que estudien erradicaremos el fracaso escolar. Imaginamos que la firmeza de la represión nos exone­ra de la prevención.

    ¿Adónde iremos a parar así? A un desafío constan­te, a un conflicto permanente entre voluntades que se enfrentan tratando de que la otra ceda. A una escala­da inevitable de la violencia, tanto de los individuos como de las instituciones, en un dramático círculo vicioso.

    Sin proyecto educativo común, sin visión del hom­bre y de la sociedad futura, sin promesa de un porve­nir posible que dé sentido al presente, la educación es un fracaso. Reducida a una tarea de normalización, nos condena a oscilar sin fin entre la represión y la cul­pabilidad, el rechazo y la idealización de nuestros hijos, la contención de sus pulsiones y la satisfacción de sus caprichos.

    Pero también es imposible, por el contrario, acam­par al borde del río a la espera de que los hombres se pongan de acuerdo sobre un proyecto de sociedad capaz de inspirar y sufragar una actividad educativa coherente. Imposible, también, sacar siempre a colación los vicios de los adultos para no proponer valores a nuestros niños. Desde luego, nuestra sociedad no da precisamente buen ejemplo al promover sistemática­mente lo que brilla en vez de lo que ilumina. Desde luego, los modelos de éxito que exhibe no invitan a los jóvenes al trabajo y al rigor. Desde luego, no los acoge con los brazos abiertos en el mundo profesional, y el juvenilismo publicitario no debe ocultar la resistencia de los cincuentones a dar una oportunidad a los recién llegados. Al leer las obras de nuestros moralistas más eminentes entran ganas de preguntarles, remedando a Beaumarchais, si «considerando las cualidades que le exigen a nuestra juventud, conocen a muchos adultos que sean dignos de ser jóvenes».

    Pero tampoco podemos practicar la abstención edu­cativa a la espera de un cambio radical de la sociedad. Aunque muchos lo queramos, el fin del egoísmo indi­vidual y colectivo, el adecentamiento de la vida públi­ca, el fin de la explotación mercantil de las pulsiones arcaicas, el reparto equitativo de las riquezas del pla­neta, la creación de instituciones, en todos los niveles, para deliberar sobre el bien común, quizá no estén muy cerca. Podemos lamentarlo. Pero no por ello podemos dejar de ocuparnos de la educación. Aquí y ahora.

    «Estamos embarcados...» Tenemos que avanzar, de lo contrario nos hundiremos, bienes y personas, traga­dos por el primer remolino. Necesitamos un rumbo: educar a nuestros hijos para que sean capaces de mane­jar, renovar y ampliar nuestras instituciones democráti­cas. Necesitamos balizas: dos principios, dos «puntos de verdad», como dice Alan Badiou: «Todas las per­sonas pueden aprender, crecer y convertirse en sujetos» y «Nadie puede obligar a nadie a aprender, crecer y convertirse en sujeto». Necesitamos una determinación: la de crear sin descanso situaciones educativas que per­mitan a nuestros hijos ser dueños de su historia y de nuestra Historia.

    Sé tan bien como usted, señora, señor, lo difícil que es esto. Desconfío de las mentes preclaras que ya tie­nen todas las respuestas. Como ustedes, estoy domina­do por la zozobra, atormentado por la duda.

    Pero no por ello dejo de luchar y de esperar. Es una esperanza a estas alturas modesta. Pero obstinada e inventiva.

    “Estamos embarcados…” con nuestros hijos. Y no es el momento de abandonar el barco.

    PHILIPPE MERIEU

    Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy. Ed. Ariel.255 pag. Madrid 2010.

     

    Escrito el Lunes, 24 Octubre 2011 19:26 en Biblioteca Visto 3136 veces
  • dia del libro
    Escrito el Jueves, 08 Septiembre 2011 08:50 en Biblioteca Visto 3170 veces

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